DEMÓCRITO -El filósofo que ríe- Especial para el Leonardo da Vinci

Por: Eduardo Pardo Ávila*   

Demócrito Por: Hendrick ter Brugghen, 1628

                               Demócrito es uno de los personajes de todos los tiempos,

                               el primer científico de la historia, el filósofo de la ética  del “regocijo y el

                               buen vivir”, cuyas enseñanzas y sonrisas atraviesan la historia desde los siglos V y IV a.C.

                              en que vivió hasta nuestros días, siendo sin embargo negligentemente ignorado. Haciendo

                              justicia a su paso por la Tierra entrego este pequeño relato de su larga vida, dedicada

                             exclusivamente a la búsqueda del conocimiento.

                                     El despertar del filósofo

Recostado al viejo tronco de un roble, Demócrito a sus doce años observaba el sol ocultándose detrás de las colinas de la vecina Macedonia; las sombras colonizaban Abdera, la polis que le vio nacer. Un rumor de voces y algarabía se levantó a sus espaldas; volviéndose, descubrió en una espesa nube de polvo una interminable caravana de carruajes multicolores, camellos, jinetes, gentes de a pie y soldados provistos de yelmos, lanzas y espadas que se dirigían hacia la casa de su padre, apeándose allí y descargando toda suerte de bártulos, vasijas, arcones y bultos, que diligentes esclavos llevaban al interior.

Fundiéndose en el tropel de gentes que entraban y salían de la vivienda, el muchacho logró cruzar el umbral, y descubrir a su padre en el patio exterior dando órdenes a los esclavos para que no se omitiera detalle alguno en la atención que la calidad de sus huéspedes exigía. El padre apenas reparó en la cara inquisitiva de su hijo y le hizo entender con un gesto de mano que más adelante le enteraría de qué trataba todo aquello.

El jaleo terminó bien entrada la noche; algunos miembros de la comitiva se acercaron al despacho del anfitrión para agradecer la acogida y ponerle al tanto de otros requerimientos que sería necesario cubrir en los días venideros; tras lo cual se retiraron a descansar. La casa experimentó un benéfico reposo, sutilmente alterado por el trajín de los animales nocturnos propios del lugar.

Con los primeros rayos del sol, Demócrito y sus dos hermanos abrieron los ojos en la habitación que compartían; se levantaron al unísono y sin mediar palabra salieron corriendo hacia el aposento de su padre para pedirle que resolviera el sinnúmero de interrogantes que ellos habían entretejido durante la noche. El padre les contó que el huésped principal entre las personas que habían arribado la tarde anterior era nada menos que el Rey Jerjes de Persia, quien estaba de paso por allí.

No pudo decirles nada respecto a que el jerarca tenía por destino los territorios griegos, donde quería saldar viejas cuentas que aquellos tenían con el pueblo Aqueménida, sencillamente porque él no lo sabía; aquel asunto era “Secreto de Estado” y hacía parte de lo que históricamente se conoce como “Las Guerras Médicas”. Para entonces Tracia, la región a la que pertenecía la polis de Abdera se hallaba sometida al dominio persa. Las explicaciones del padre a sus hijos resultaron satisfactorias y sobre todo breves; en adelante el tiempo le sería escaso para atender los asuntos y negocios propios de la casa y todos aquellos que implicaba la visita del Rey.

Los días posteriores fueron de absoluta agitación en la casa; la cocina era un incesante hervidero a donde no paraban de arribar cargamentos de víveres y de donde salían vasijas desbordadas de pellejos, plumas, cortezas y otros desechos; constantemente llegaban y salían heraldos de todos y hacia todos los puntos cardinales; tenían lugar reuniones para determinar los platillos a prepararse, los itinerarios de vigilancia, las rutas de acceso a Atenas; se consultaban mapas y cartas astrológicas, entre otros muchos asuntos. Febril actividad que se interrumpía mágicamente cuando se convocaba a los banquetes; pletóricos ellos en todo tipo de carnes, aderezos, frutas y vinos.

Demócrito, en bronce. (Museo Arqueológico Nacional de Nápoles) – Tomado de Wikipedia

A raíz de estos, la ocupación de la casa comenzó a tomar visos fascinantes para Demócrito: el séquito del monarca incluía un nutrido grupo de sabios, magos, eruditos, consejeros y sacerdotes avezados en astrología, astronomía, teología, geometría, nigromancia, adivinación y muchos otros campos del saber; de suerte que durante los banquetes surgían conversaciones, reflexiones y debates acerca de estas materias, que en los oídos del joven abderita fueron semillas que estimularon para siempre su intelecto, despertando en él un insaciable interés por comprender la naturaleza del Universo.

Luego de algunas semanas de preparativos, Jerjes y su gente tomaron camino hacia occidente, dejando en la casa parte  sus pertrechos y, lo más importante para la historia que nos ocupa, a algunos miembros del equipo de sabios, que no eran necesarios en el campo de batalla. Así Demócrito disfrutó durante varios meses de su compañía y conversación en cada rincón de la casa y sin límites de horario, tomando notas y, a pesar de su corta edad, formulando preguntas sobre lo que no le resultaba claro; convirtiéndose expresamente en discípulo de ellos.

Finalizada la campaña militar en Grecia, Jerjes y su comitiva regresaron a Abdera para recoger a los miembros del equipo y los suministros que habían dejado custodiados en la casa. La estadía de los eruditos fue determinante para que en Demócrito se prendiera la chispa de su intelecto y definiera con claridad absoluta a qué dedicaría su vida. La vivienda volvió a la normalidad; fue entonces cuando Demócrito decidió construir una choza en el jardín de la casa y dedicarse de lleno a la reflexión y a la meditación.

                                          El Atomismo, una osada teoría

Las inquietudes que en Demócrito surgieron a partir de su iniciación con los sabios persas le llevaron a conocer a Leucipo, su preceptor, quien en el término de varios años le introdujo en el campo de la física, trasmitiéndole sus más importantes reflexiones acerca de la materia que compone el Universo. Las cavilaciones del tutor y su discípulo condujeron a la proposición de que el cosmos debe estar constituido por partículas infinitamente pequeñas, que se desplazan en el vacío. La primera de estas reflexiones parte de considerar la imposibilidad de dividir ilimitadamente un trozo de cualquier material, y la segunda de la necesidad de un espacio carente de materia en el que las partículas se puedan desplazar y combinar.

Retrato idealizado de Leucipo. (Tomado de Wikipedia

Se ha planteado la posibilidad de que Leucipo, como afirma Epicuro, no hubiera existido, siendo éste una invención del propio Demócrito, para dar respaldo a una teoría que en su momento controvertía la idea defendida por Platón y Aristóteles, de que el Universo estaría compuesto por cuatro elementos (agua, tierra, aire y fuego). En este texto se asume como real la existencia de Leucipo.

Demócrito complementó la teoría atómica proponiendo que los átomos son impenetrables e incompresibles; y que se diferencian entre sí por su forma, tamaño y densidad, la cual es proporcional a su volumen. Para explicar la naturaleza sólida, líquida y gaseosa de las sustancias planteó que los sólidos como el hierro estarían compuestos de átomos unidos, con una especie de ganchos muy firmes, los líquidos como el agua, los conformarían átomos lisos y deslizables, mientras que los gases estarían constituidos por átomos muy livianos, que girarían formando remolinos y permeando al resto de la materia. Con respecto al concepto de vacío explicaba que, cuando cortamos una manzana con un cuchillo, éste se desplaza por los espacios vacíos existentes entre los átomos que conforman la manzana, si estos espacios no existieran el cuchillo no podría desplazarse.

Acerca del origen de la materia, considera la imposibilidad humana de asignar un comienzo para el tiempo, y de la experiencia de que nada se origina de la nada, Demócrito postula que la materia, el vacío y el movimiento siempre han existido, desestimando la intervención de fuerzas sobrenaturales en un proceso de creación. A este respecto agrega, que la noción popular de deidad se genera a partir de nuestra incapacidad para entender algunos fenómenos naturales, recurriendo a imaginar la intervención de seres de enorme estatura y aspecto humano.

Panorámica nocturna de la Vía Láctea vista desde la Plataforma de Paranal, Chile, localización del telescopio gigante del European Southern Observatory, ESO. (Imagen Wikipedia).

Demócrito piensa que a partir de la materia difusa se originaron un sinnúmero de mundos que evolucionan, decaen con el tiempo y a veces colisionan entre ellos; algunos tienen soles y lunas, otros no; unos con seres vivos y otros sin ellos, los cuales se habrían generado de un lodo primigenio.

Los griegos tenían la mítica idea de que la Vía Láctea era un chorro de leche, que había quedado esparcido en el cielo cuando la diosa Hera retiró con violencia de su pecho al infante Hércules, luego de enterarse de que este era fruto de la infidelidad de su hermano y legítimo esposo Zeus con la mujer mortal Alcmena. Esta fantástica explicación fue replanteada por Demócrito, quien siguiendo sus profundas cavilaciones terminó afirmando que la Vía Láctea no podía ser otra cosa que un conjunto de estrellas.

Los lugares visitados por Demócrito

Con la teoría atomista Demócrito abarca otros aspectos de la naturaleza, proponiendo por ejemplo, que los otros mundos que vemos en el firmamento, con sus propiedades de inmensidad, parecido y diferencia entre ellos, son el resultado de la infinita multiplicidad de combinaciones de los átomos. Que la visión humana sería posible gracias a emanaciones que, los átomos proyectarían a nuestros ojos, idea que si bien no corresponde a la explicación real del fenómeno permitió acercarse en esos tiempos a la comprensión del mismo. El atomismo en Demócrito no se restringe exclusivamente a la definición de “átomo”, constituyéndose en una corriente de pensamiento.

                                   En búsqueda del saber      

Los años trascurridos entre la partida de Jerjes de la polis de Abdera hacia Persia y la mayoría de edad de Demócrito fueron aprovechados por éste para capitalizar conocimientos, hacer profundas reflexiones sobre la naturaleza del Universo y de los hombres, y determinar que debía buscar otros manantiales de conocimiento dónde alimentarse, allende las fronteras de Tracia.

Muerto el padre se reunieron los tres hermanos para disponer de la herencia. El legado constaba de propiedades, ganado, cultivos y dinero. Demócrito sintió que la vida le brindaba la posibilidad de viajar a países en los que podría encontrar las fuentes de sabiduría que anhelaba y exhortó a sus hermanos para que dispusieran de las tierras y el ganado, eligiendo para sí el dinero; ellos asintieron. Aunque la repartición no favoreció a Demócrito, su fortuna ascendía a la suma de cien talentos, cantidad nada despreciable para cualquier griego de su tiempo.

Demócrito, joven sereno y sencillo, optó siempre por equipajes livianos. La mañana que sus hermanos le acompañaron al puerto de Abdera subió a la embarcación con un pequeño atadijo y se despidió imperturbable con la sonrisa que siempre le acompañó. El viento hinchó la cuadrada vela y paulatinamente la nave desapareció en el horizonte del mar Egeo hacia el sur, en dirección a la costa de Alejandría, en Egipto.

Embarcación griega del siglo V a.C.Imagen tomada de Internet.

La travesía transcurrió bajo una estación de vientos amables; las noches estrelladas guiaron sin contratiempos a los marineros, que veinte días después avistaron la costa africana. Entre tanto, Demócrito había establecido lazos con compañeros de viaje que le recomendaron rutas terrestres, poblaciones, variedades gastronómicas y le orientaron respecto a los costos de ciertas provisiones. Aunque le ofrecieron hospitalidad, al momento del desembarco resolvió continuar el camino en solitario, hallando albergues tan extraños como excepcionales: ruinas, cavernas e incluso sepulcros.

El encuentro con los matemáticos y geómetras egipcios fue inmediato. Allí, la necesidad de comprender los ciclos astrales que determinan los pulsos del río Nilo, única fuente que irriga aquellos suelos y de la que depende la supervivencia de los ribereños, les ha obligado desde el comienzo de los tiempos, a perseguir y mapear las posiciones de las estrellas, a medir las distancias y los ángulos entre ellas; a observar cómo mutan sus configuraciones al compás del tiempo; siendo ello tema de conversación obligado en todo lugar y motivo para citar a conocedores y sabios en estos asuntos. Así terminó Demócrito, de la noche a la mañana, acompañado de eruditos en estas materias, a quienes escuchó con admiración, absorbiendo con glotonería sus conocimientos.

                                                      Mitigando la sed

El interés despertado en Demócrito por las edificantes conversaciones, la desbordante ingeniosidad que observó en los instrumentos hasta entonces fabricados allí para medir todo lo medible del Universo, los papiros que llegaron a sus manos para conocer los últimos progresos en las ciencias y por supuesto la magnitud y el significado de las tumbas piramidales de los faraones, fueron determinantes para que su estadía en Egipto, pensada para sólo pocos meses se extendiera a algo más de cinco años.

Pirámides de Jufu (Keops), Jafra (Kefrén) y Menkaura (Micerino), en Guiza. Imagen tomada de Wikipedia

Su piel tostada, la indumentaria que ahora estilaba y la singular dicción adoptada en su lenguaje revelaron a Demócrito que había sido absorbido por la cultura del país de los faraones. Sin embargo allí sus objetivos habían sido suplidos, era hora de cambiar de aires. Los egipcios que hizo sus amigos le habían hablado durante los últimos años de sabios legendarios que habitaban más al sur, por lo que siguió el curso del Nilo aguas arriba. A lomo de camello, bordeando la ladera Este del río para no alejarse de la vital fuente y en compañía de una reducida caravana que contrató, anduvo meses viendo pasar ante sí el inmenso y sofocante desierto, las populosas ciudades y las apacibles villas que aparecen por allí como oasis en medio de la infinita arena; con sus hospitalarias gentes que en los más diversos dialectos, lenguas y escrituras le revelaron sus secretos.

En Nuri, necrópolis del milenario Reino de Kush en el actual Sudán, admiró Demócrito las pirámides que custodian los cuerpos de veinte reyes y no menos de cincuenta reinas negras que enfrentaron con implacable valor las huestes de los faraones. Estas pirámides se diferencian de las egipcias por tener forma más puntiaguda. El Reino de Kush se prolongaba más al sur incluyendo la ciudad de Meroe, localizada a unos 200 kilómetros al Noreste de Jartum, actual capital de Sudán, donde permanecieron varias semanas. Allí, en su diario de viaje Demócrito citó la exquisita cerámica que elaboraban sus habitantes y describió los yacimientos auríferos asociados al Nilo, causa de invasiones y del florecimiento de dinastías en la región.

Agotada por el rigor del clima, la caravana decidió torcer rumbo hacia el Sureste donde avistó montañas que, prometían condiciones amigables y penetró en Etiopía, que etimológicamente significa “la tierra de los hombres de piel quemada”. Allí descansaron y planificaron la siguiente etapa. Ansioso Demócrito de restablecer contacto con sus tutores de juventud fijó la mira en el Cercano Oriente, particularmente en Caldea, Mesopotamia y Persia. La nueva travesía conllevaba el paso del Mar Rojo con vientos más fuertes e impredecibles que los del Mediterráneo y volver al rigor del desierto, ahora en la península arábiga. El anhelo de retornar a las primeras fuentes pudo más y, repuestas las fuerzas, reanudaron la marcha.

Escultura de Gimnosofista. Imagen Wikipedia.

Una embarcación egipcia impulsada por treinta remeros, que transportaba maderas preciosas, marfil, mirra, electrum, monos y una pareja de enanos, fletada en el Territorio del Punt (sur de Arabia y norte de Etiopía) y con destino a Mafkat (actual península de Sinaí) ancló en la costa Oeste del Estrecho de Mandeb y recogió a Demócrito y su comitiva. El tramo de treinta kilómetros que separa las costas africana y arábiga en ese punto fue superado en poco más de dos horas; el navío experimentó las fuertes corrientes de esta franja de aguas que pone en contacto al Mar Rojo con el Océano Indico, alarmando a la tripulación y poniendo en peligro las mercaderías, pero finalmente atracando sin novedad. Cuatro meses tomó a la expedición atravesar los desiertos arábigos para alcanzar las fértiles tierras de Mesopotamia irrigadas por el Tigris y el Eúfrates.

En la Media Luna Fértil disfrutó Demócrito en contacto con los padres del sistema de numeración sexagesimal, los artífices de la bóveda y la cúpula en arquitectura; los matemáticos que resolvieron las ecuaciones de tercer grado; los sabios que se acercaron al valor del número Pi y calcularon los volúmenes y las superficies de las principales figuras geométricas; los eruditos que cartografiaron los cielos y con todos aquellos que apostaban a abordar cada campo del saber, aventurándose incluso para esos tiempos, en los desconocidos dominios de la medicina y de la geología. Fueron ellos quienes le reafirmaron que sus búsquedas no eran vanas; que dedicar la vida a entender la naturaleza no era desatinado; que intentar acercarse a comprender, así fuera de manera mínima, los mecanismos que gobiernan el Universo, era sólo un gesto de respeto hacia aquello de lo que era él una ínfima parte.

Demócrito estaba muy lejos de casa y muy lejos de pensar en volver sobre sus pasos. Su apetito no estaba aún satisfecho y sus arcas le brindaban tranquilidad para seguir adelante y tomó rumbo hacia el subcontinente Indio. Este nuevo destino estuvo matizado por climas gélidos y húmedos con relieves de alta montaña, caudalosos y ensordecedores ríos, selvas frondosas atiborradas de cantos, silbos, aullidos, insectos y frutos exóticos. Exuberancia que se ofreció generosa a sus ojos a medida que mutó el paisaje, de las montañas del Hindukush, a la cuenca del Indo, al desierto de Thar, a la Meseta del Decán o al valle del Sagrado Ganges. Todo ello envuelto armónicamente en la ceremoniosa religiosidad e innata espiritualidad propia en esas comarcas.

En la ciudad de Takshashila que yacía sobre las riveras del Indo al norte del actual Pakistán, Demócrito compartió con gimnosofistas, denominación griega que significa literalmente “filósofos desnudos”; quienes se caracterizan por practicar una filosofía natural, basada en los principios de la prudencia, la justicia, la virtud, la libertad y el ejercicio de un ascetismo extremo, al punto de considerar la comida y el vestido como  elementos adversos a la pureza del pensamiento.

Demócrito había tenido un contacto previo con gimnosofistas en Etiopía con unos sacerdotes de la orden, quienes le instruyeron acerca de la religiosidad y el origen indio de esta filosofía. Estos ascetas utilizan sentencias cortas y certeras, ahorrando prolongados discursos, contrario a la costumbre griega. Demócrito recibió su iniciación directamente de Kalanos, uno de los más notables representantes de esta corriente filosófica.

Fueron muchas y muy variadas las cosmovisiones que las gentes del extenso territorio indio trasmitieron a Demócrito, quien tuvo allí tiempo suficiente para reflexionar en ellas, para ir acomodando y estructurando su pensamiento en tan delicados aspectos del devenir humano, de donde surgirían sus tratados y máximas, acerca de cómo puede llevarse una vida llena de bienestar, conocimiento, alegría y alejada del dolor.

                                                     El regreso a casa

Habían pasado algo más de diez años desde el día en que Demócrito fue despedido por sus hermanos en el muelle de Abdera. Sus facciones traían impresas las huellas del tiempo y del prolongado periplo que cerraba allí, en ese mismo muelle. Su sonrisa era la misma, su esencia permanecía. No había envejecido, había madurado. El equipaje de cuando salió se había metamorfoseado, siendo ahora una colección de cajas cargadas con preciosos documentos, delicados artefactos de medición, conchas, fragmentos de meteoritos y otras rocas e instrumentos musicales, entre otros objetos, así como los volúmenes en que consignó sus reflexiones, cálculos, teorías e ideas que elaboró a lo largo del viaje.

Los hermanos, sorprendidos y fascinados con el regreso de Demócrito dieron por terminadas las faenas del día y pusieron en revuelo la casa. Pidieron a los esclavos hacerse cargo del equipaje; ordenaron disponer la mejor habitación para el huésped y mandaron preparar un banquete en su honor. Estuvieron despiertos hasta altas horas de la madrugada, indagando sin consideración al peregrino, ignorando que contaban con el resto de la vida para escuchar sus historias. El festejo se prolongó varios días.

Demócrito meditando,de León-Alesandre Delhomme, 1868, Museo de Bellas Artes. Lyon, Francia. Imagen de Wikipedia.

Vuelta la calma, Demócrito supo del progreso de las haciendas, ganado y cultivos de sus hermanos y a su vez les informó que en las correrías había gastado hasta el último talento de la dote. En esencia esto no les sorprendió y por el contrario lo consideraron algo lógico, dada la naturaleza del viaje, al punto que uno de ellos le dijo que perdiera cuidado garantizando que no le haría falta nada hasta el último de sus días. Las leyes de Abdera sentenciaban que quienes gastaran todo su patrimonio serían privados, entre otros derechos, de los ritos de entierro.

Como complemento a sus viajes, Demócrito hizo un recorrido por varias polis griegas, incluyendo la Magna Grecia (sur de Italia) donde entró en contacto con los pitagóricos. En Atenas escuchó a Sócrates, manteniéndose al margen para evitar ser notado. Allí mismo fue amigo de Hipócrates y discípulo de Anaxágoras, cuarenta años mayor que él, otro apasionado por la ciencia quien explicaba que la diversidad de las sustancias en la naturaleza se debía a que la materia estaría compuesta de partículas elementales que llamó spermata (en español, semillas), concepto que Demócrito pudo utilizar para apoyar su teoría del atomismo.

Demócrito escribió 73 obras que abarcan, entre otras, las áreas de Matemáticas, Física, Gramática, Ética y Medicina de las cuales sólo algunos cientos de fragmentos han sobrevivido. El “Gran Diacosmos”, una de sus más importantes obras, fue valorada por el Estado ateniense en 500 talentos que fueron entregados a su autor.

Al parecer Demócrito sobrepasó los cien años de edad. Tuvo una existencia ceñida a sus principios éticos, y dedicada absolutamente al ejercicio del conocimiento, lo que para él constituía el regocijo más excelso de la vida. Creía que la pobreza en una democracia es mejor a la riqueza en una tiranía y afirmaba que “prefería comprender una sola causa que ser Rey de Persia”. Demócrito no fue perseguido por sus ideas, pero la tolerancia en sus tiempos empezó a decaer ante pensamientos como los suyos, que poco a poco fueron suprimidos, reduciendo sensiblemente su influencia en la historia. 

*Geólogo: Universidad Nacional de Colombia –Bogotá

Conferencista: Departamento de Geociencias, U.N.-Bogotá

Editor: Archeopterix Litográfica – Taller Editorial

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4 Comments

  1. Hola! ¿Así que ese fue el ÚLTMO Comentario que Luis hizo en Atrio? ¡Mirá cómo vengo a ser yo esa extraña vela en el entierro! Al Cumpa lo recuerdo firme, erudito y sagaz en su abroquelamiento. No sabía putear. Tal vez se hubiera imaginado arrugado. Y así, la vejez nos va planchando los lomos. Por mi parte yo le corté la electricidad y no me “calienta seguir arrugando la vida. Por eso: ¡Voy todavía! Óscar.

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