Marie Anne Pierrette Paulze* 

     Por: Eduardo Pardo Ávila – Geólogo U.N. 

 

En la Historia de la Ciencia el trabajo de las mujeres ha sido frecuentemente subestimado cuando no ignorado. Anna Sundström, Marie-Sophie Germain, Ada Lovelace, Rosalind Elsie Franklin o Mary Anning, por citar algunos ejemplos han sido fundamentales en el desarrollo de las ciencias; sin embargo sus aportes y existencias han sido condenados al olvido. La semblanza acerca de Marie Anne Pierrette Paulze que entrego en las siguientes páginas es un reconocimiento a la labor infatigable y desinteresada de la Madre de la Química Moderna, sin la cual el nombre de Antoine Lavoisier podría haber pasado inadvertido.                                        El autor                                                                                                                                                                                                           En el hogar                                                                                                                                                  

Montbrison

             Nacimiento

El veintiuno de enero de 1758, en el caserío de Montbrison, localizado en el actual departamento de Loira, Francia los termómetros marcaban 2oRe**. Sin embargo, en el hogar de la monárquica familia de los Paulze-Thoynet la actividad era febril. Madame Claudine Catherine había caído a cama tres días antes y daría a luz por cuarta vez, después de haberlo hecho por sus otros tres hijos Baltazar, Christian y la pequeña Louise.

El doctor Alexandre D’Alembert  y tres criadas estuvieron atareados desde las vísperas hasta el amanecer de aquel gélido sábado en la habitación de madame Claudine, auxiliándola en su trabajo de parto. Los primeros rayos de luz del amanecer, colándose por las ventanas de la vivienda, fueron acompañados con el llanto de un recién nacido que se tomó la casa por asalto.

Margareth, una de las cocineras, corrió al despacho de Jacques-Alexis, el padre, quien a la sazón contaba treinta y cinco años. Tocó a la puerta y autorizada a seguir, abrió ligeramente una de las hojas, asomó la cabeza en la estancia y dijo al señor en voz baja, pausada, mas no exenta de emoción: “el doctor le espera en el dormitorio de su esposa”. Sin intención de cerrar la puerta, soltó un tanto la rienda a su emotividad y agregó: “¡es una niña!”. Jacques abandonó sobre el escritorio unos documentos de la Compañía de Las Indias y corrió hacia la habitación, a cuya puerta esperaban varios miembros de la servidumbre y el bullicioso grupo de sus tres pequeños de cinco, tres y dos años, saltando descoordinados apurando su llegada. Allí, niños, padre y sirvientes, en ese orden, irrumpieron como avalancha en el recinto para saludar a la madre y acoger al nuevo miembro de la familia.

Agotada, Madame Claudine yacía acunando entre los brazos el diminuto cuerpo de una niña rosada, prematuramente arrugada y abrasada aun por el calor de la recién abandonada madriguera. Los niños, sin entender qué acababa de ocurrir allí rodearon la cama otorgando súbitamente una pausa de reposo; Jacques, que no tenía ojos ni oídos para los demás se inclinó hacia Claudine con genuina ternura y rozó un beso en su frente sin dejar de contemplar la carita de la recién llegada. Alexandre, el médico a pesar de sentir que acababa de ejecutar una impecable faena y era uno de los dos héroes de la jornada, fue completamente  ignorado.  Con  las  mangas  de  la  camisa  remangadas  por  encima de los codos se secó las manos en una toalla y tomó prudente distancia del lecho para no entorpecer el encuentro familiar. Olvidando la segregación sufrida disfrutó la alborotada entrada de la comitiva.

Para el matrimonio Paulze el cuadro representado allí era una escena repetida y a su vez infinitamente distinta. Jacques, sensiblemente emocionado encontró el rostro de la pequeña idéntico al de su progenitora y abuela de la recién nacida, aventurándose sin más a proponer llamarle Marie Anne; los niños intuyendo ahora que la pequeña en brazos de mamá era su nueva hermana apoyaron con renovado regocijo la idea; Claudine, no queriendo mermar el súbito entusiasmo de Jacques aceptó: “entonces se llamará Marie Anne Paulze-Thoynet” y descargó en el rostro de la niña una alocada seguidilla de sonoros besos, a pesar de las protestas de Marie Anne, que estalló en llanto ante el ataque. La servidumbre, compuesta por cinco mujeres y tres hombres mostró júbilo por la llegada de la niña; las mujeres dejaron aflorar sin reserva sus instintos maternales en una mezcla de algarabía y conmoción como si de sus propios hijos se tratara; los hombres, más moderados, hicieron comentarios sobre la fortaleza de la señora Claudine, el tamaño y peso de la criatura y plantearon un pequeño debate acerca de la hora exacta del nacimiento. Adrién el cochero, algo desatento al grupo, anidó en su fuero interno cierto recelo al cotejar las marcadas diferencias entre el nacimiento de los hijos del patrón y los suyos.

                             Formación  Académica de Marie Anne

El bienestar y futuro de la pequeña parecían garantizados con los ingresos que Jacques percibía: honorarios como abogado parlamentario, dividendos por su vinculación en la Compañía de Las Indias y ganancias extras por otras actividades financieras. Sin embargo, vientos adversos se cernían sobre el hogar y aquella estabilidad económica no fue suficiente. En 1759, con posterioridad al nacimiento de Joseph, el quinto vástago de los Paulze, madame Claudine sufrió serios quebrantos de salud que desembocaron en su lamentable deceso dos años más tarde. Marie Anne tenía tres años.

En principio, las nuevas condiciones en el hogar forzaron a Jacques a ocuparse de sus hijos en ciertas tareas para las que no estaba entrenado. Sin embargo y aunque las criadas siempre estaban prestas, (incluso lo estuvieron en vida de madame Claudine), a atender lo pertinente a la alimentación y el vestido de los niños; con el paso de los días el padre abandonó paulatinamente sus obligaciones y las delegó a ellas, argumentando que tales rutinas domésticas entorpecían su desempeñó laboral, el cual consideraba de mayor importancia en el sostenimiento del hogar, sin otorgar en ello posibilidad alguna a la duda.

Esta política al interior de la dinámica de la casa, decantó entre otras, la decisión de internar a Marie Anne en el convento de Montbrison. Los monasterios y conventos por entonces eran garantes de las más altas calidades pedagógicas y de poseer las mejores colecciones de material educativo, literario y artístico.

Durante los casi diez años que permaneció en el convento, Marie Anne se caracterizó por su nobleza e inteligencia, dejando entrever dotes artísticas, específicamente en el dibujo, la pintura y el grabado; y destacando además en el aprendizaje de idiomas, particularmente Latín e Inglés. Terminó su formación cumplidos los trece años, retirándose de la institución a mediados de 1771. La permanencia en el claustro fue interrumpida invariablemente todos los años con motivo de vacaciones, festividades navideñas y otras celebraciones familiares en que se consideraba inapelable la presencia de la niña en el hogar paterno. Lo anterior, sumado a las visitas regulares de la familia al claustro, permitió mantener estrechos los lazos familiares y brindar a Marie Anne la oportunidad de ver crecer a sus hermanos, observando cómo evolucionaban sus caracteres. 

              El regreso a casa

Concluida la formación académica Marie Anne regresó al hogar, establecido entonces en París a donde se trasladó la familia en 1767. Baltazar, el hermano mayor, vestía ahora traje a la usanza del padre y atusaba con recelo un incipiente bigote que ensombrecía su piel albina. Christian no abandonaba aun los pantalones cortos pero casi igualaba en estatura a Baltazar, soportando la incómoda metamorfosis de la adolescencia, obligado a renunciar a todo privilegio como menor y soportando que a la vez nadie le tomara en serio; Louise sufría el tránsito morfológico de niña a mujer, forzada a copiar el vestuario de las damas de la sociedad parisina ante la ausencia de consejo de su madre. Joseph, el niño de la casa, gozaba sin límites ni ningún tipo de contraprestación de la atención y consentimiento del padre y de sus hermanos.Imagen tomada de Wikipedia

Los carruajes en que llegó el equipaje de Marie Anne a París estaban atiborrados de baúles, maletas, cajillas y paquetes con parte del menaje original, y un sinnúmero de enseres, producto de presentes que recibió y encargos que hizo a familiares y amigos a través del tiempo y fue acumulando en los armarios de su habitación en el convento.

Parte de ese inventario incluía una colección de libros que disputaba su heterogeneidad tanto en tamaño como en temática; cajas con atadillos de amarillo de plomo-estaño, azul ultramar de lapislázuli y toda suerte de tierras y vegetales colorantes; pequeños frascos con aceites y trementinas; grafitos, escobillas, atados de pinceles y espátulas; grabados finalizados, otros a mitad de camino; decenas de rollos de lienzo, tres butacas y cinco caballetes. La instalación de todo aquello tomó varias semanas y, aparte de la habitación, dos estancias más de la casa.

Vinculada a la cotidianidad familiar, además de asumir las veces de regente de la casa, Marie Anne ocupaba las mañanas dibujando, pintando y haciendo grabado en el taller que montó en una de las habitaciones. Las tardes las destinaba a la lectura de sus autores favoritos en lenguas inglesa y francesa, sin dejar de lado los textos en latín. Estas rutinas nunca le representaron un fardo, primero porque constituían un alimento fundamental para su delicado espíritu y segundo porque las alternaba a su antojo con compromisos sociales que surgían en el día-día, fueran invitaciones a tomar onces, husmear en las ferias, o salir a pasear con su círculo de amigos por los bulevares parisinos. Marie Anne no carecía de atractivos; sus facciones eran finas, lucía ojos azules e inteligentes, cabello castaño ligeramente ondulado, tez lozana y boca pequeña pero bien proporcionada.

             Jacques trabaja en París   

En 1767, durante la permanencia de marie anne en el convento, Jacques fue llamado a  París por el Abad Joseph Marie Terray, tío materno de su desaparecida esposa y Controlador General de Finanzas del Reino, quien le ofreció el cargo de Asistente de Hacienda, el cual, dadas las inmejorables condiciones laborales y el salario asignado, no dudó en aceptar. Al año siguiente ascendería a Controlador de Finanzas. Tales compromisos le forzaron a fijar su residencia familiar en la capital francesa.

La carrera administrativa de Jacques con el incondicional apoyo de Terray, le llevó a ocupar el cargo de Senior en La Ferme Générale, grupo financiero privado al servicio de la corona francesa que recaudaba, entre otros, los impuestos sobre el tabaco, las bebidas, la sal, los bienes importados y la entrada y salida de mercancías de París; cuyos enormes beneficios percibidos a nombre del Estado, el secreto en los términos de los contratos, las severas penas que castigaban la evasión y el contrabando y la violencia ejercida por agentes armados para hacer efectivo el recaudo, le consolidó como unos de los componentes más odiados del régimen. Jacques recibía por concepto de sus funciones un sueldo fijo, auxilios para gastos e intereses del 10% sobre la inversión que hizo para obtener la plaza.

 

*Primer capítulo. Fotos tomadas de Wikipedia

**El grado Réaumur (°Re) es una unidad de temperatura en desuso. Nombrada en honor de René Antoine Ferchault de Réaumur que la propuso en 1731.  Un valor de 0° Réaumur corresponde al punto de congelación del agua y 80° Réaumur al punto de ebullición del agua.

                                                                                          

 

 

        

                                                                                                     

 

 

 

 

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