Joan Miró, un genio hermético y obstinado

Tomado: La Vanguardia

Incomprendido, ignorado, aplaudido e idolatrado en distintas etapas de su vida, el valor universal del legado artístico de Miró es hoy indiscutible

Joan Miró trabajando en una de sus obras. (Jacques Robert Archives Fondation Maeght)

“Era como un caracol”, decía de Joan Miró Francesc Català-Roca, la única persona que tuvo el privilegio de fotografiar al artista en su estudio. “Mientras lo dejas hacer, va bien, pero cuando intentas tocarlo, se esconde”. Joan Miró fue el más introvertido de los surrealistas, el más apacible y casero, pero tal vez, a su manera, el más radical. Dibujó desde siempre, desde los siete años, alentado por una madre que pintaba acuarelas como parte de su formación de señorita. Sin embargo, a diferencia de Picasso, a quien admiraba y de quien acabó siendo protegido y amigo, nunca hizo gala de un talento precoz que maravillase a su familia o a sus maestros. Todo lo contrario.

Se peleaba con las proporciones y la perspectiva, cada avance técnico le costaba auténtico sudor. El suyo era un talento táctil, intuitivo, que encajaba mal en el corsé academicista de la Llotja. A menudo necesitaba tocar los objetos que pintaba para comprenderlos. Más adelante, viviendo ya en París, hará lo mismo con alguna de sus modelos, con intenciones absolutamente castas, según sus cartas. Con las manos aprehende la esencia de lo que pinta, que le interesa mucho más que su mera superficie. Los padres de Miró, perfectos pequeñoburgueses, jamás aprobaron la vocación de su hijo.

Ella era hija de un ebanista de Palma de Mallorca; él, que había hecho fortuna como orfebre y relojero, procedía de Mont-roig, un pequeño pueblo de Tarragona en el que el abuelo de Miró trabajaba como herrero. Para cubrir sus orígenes humildes, Miró padre cultivaba modales exquisitos, grueso bigote encerado y un sentido práctico de la vida más inflexible aún que el cuello almidonado de sus trajes. “Todo lo que tienes me lo debes a mí”, le gritó, en una ocasión, a aquel hijo extraño, en quien no reconocía ningún talento.

Lola Anglada ( Terceros)

Siendo ya anciano, el artista aún recordaría con ira las interminables discusiones con su padre. Lo matricularon a la fuerza en la Escuela de Comercio y le obligaron a trabajar como contable en una droguería, ocupaciones que le hacían profundamente infeliz. A los 19 años, Miró se arma de valor, anuncia su intención de dedicarse exclusivamente a pintar, se matricula en la escuela de arte de Francesc Galí y se une al Cercle Artístic de Sant Lluc, donde se codea con las futuras promesas del movimiento Noucentista.

Su familia lo da por imposible. Su madre, previendo que el niño jamás se ganará la vida, redactará un testamento que le garantice, al menos, una sólida herencia. Mientras tanto, Joan conoce a Francis Picabia y Maurice Raynal, traba amistad con Josep Francesc Ràfols, Joan Prats, Enric Cristòfor Ricart (a quien da consejos sobre mujeres, disimulando su propia torpeza como seductor), lee sobre Cubismo, coquetea con el Fauvismo y se enamora de Lola Anglada, que no le corresponde.

Si su hijo me ve a mí de la misma manera que pinta, ¡estoy bien apañada!”, dijo Anglada

La pintora rechaza con sorna una petición de mano formal transmitida por el atildado Miró padre: “Mire, si su hijo me ve a mí de la misma manera que pinta, ¡estoy bien apañada!”. El éxito internacional de Miró en su madurez no hará mejorar un ápice la opinión de la célebre ilustradora sobre su antiguo pretendiente: “Dibuja y pinta con tanta sinceridad como lo hace el chimpancé Congo del Zoo de Londres”, declara en una reseña de finales de los setenta.

Un introvertido en París

Anglada no es una excepción. La cultura catalana de principios del siglo XX acoge las Vanguardias con prudencia y las adapta a sus propios gustos. El viaje de iniciación a París resulta casi obligado, pero una cosa es pasear por Montparnasse, visitar museos, emborracharse en cabarés y hacer contactos de los que presumir, y otra muy distinta exportar a Barcelona, o a cualquier otro rincón de España, los osados experimentos parisinos. Miró tiene ya veintisiete años cuando baja del tren en la Gare d’Orsay, con un aire de pueblerino endomingado que no contribuye a abrirle puertas. Su extrema timidez tampoco ayuda.

Joan Miro trabajando en unas de sus obras en 1973

Josep Pla la describe sin piedad: “La primera tanda de silencio duró muy bien diez minutos, durante los cuales Miró observó fijamente los vasos de café con leche vacíos que tenía ante él. […] Enseguida comprendí que tenía mucha práctica y sospeché si este no sería el estado natural de su espíritu. Este chico, me dije, debe de haber pasado muchos años sin decir nada”. Miró no habla, pero absorbe todo lo que ve y lo que oye como una esponja. El aluvión de novedades le provoca, incluso, un momentáneo bloqueo creativo, que solamente será capaz de romper durante su veraneo en Mont-roig.

Atraído por la radicalidad del movimiento dadá, concibe la idea de asesinar la pintura, no para escandalizar al público, sino para encontrar un nuevo clasicismo, un arte perdurable que solo será posible tras haberse deshecho de clichés y convenciones. De vuelta en París, Miró sigue siendo un pez fuera del agua. Sus amigos catalanes le toman el pelo. Le roban el sombrero y se lo pasan entre ellos, le dan recados para chicas desconocidas y se ríen de su apuro, se compinchan para convencerle de que su cabeza irradia, literalmente, un aura de santo.

Su pintura, cada vez más osada y onírica, le abre las puertas del círculo surrealista, pero la historia se repite. Sus silencios incomodan a todo el mundo. Man Ray lo recuerda así en sus memorias: “Era difícil conseguir que hablara. Surgió una violenta discusión y fue presionado para que diera su opinión, pero permaneció obstinadamente mudo. Max [Ernst] cogió un cabo de cuerda, lo lanzó a una viga e hizo un nudo corredizo en un extremo, mientras los otros sujetaban sus brazos, puso la soga alrededor de su cuello y amenazó con colgarle si no hablaba. Miró no luchó, sino que permaneció en silencio”.

El escritor Ernest Hemingway (a la derecha) en el Madrid de la Guerra Civil junto a John Dos Passos, Joris Ivans y el torero americano Sidney Franklin. (The Granger Collection, New York / Cordon Press)

Entre los pocos que lo respetan desde sus inicios se cuentan Ernest Hemingway, que adquiere el cuadro La masía, y Pablo Picasso, que le dedica el mayor elogio posible: “Después de mí, eres tú el único que ha abierto una nueva puerta”. Al principio, Miró participa con gusto en las escandalosas algaradas surrealistas. “¡Abajo el Mediterráneo!”, grita durante una de las famosas performances del grupo, que acaba, según la costumbre, como el rosario de la aurora. Su talante, sin embargo, es opuesto al de Breton y sus más fieles acólitos. El amor de estos por la provocación le acaba pareciendo banal, y sus discusiones, triviales pérdidas de tiempo.

La revolución que él intenta gestar exige paciencia, trabajo y dedicación. Por fuera, Miró es un hombre metódico y convencional. En palabras del poeta Jacques Dupin, “estaba tan loco por dentro que necesitaba orden”. Su estudio está impoluto, sus colores y pinceles se alinean con maniática precisión. Hace ejercicio a diario en un gimnasio de boxeo, asiste a clases de baile, cuida su aspecto y respeta todos aquellos convencionalismos que no le incomodan. Dalí, al llegar a París y ponerse bajo su protección, recibe de él, perplejo, el único consejo de comprarse un esmoquin.

No le inspiran los discursos, los manifiestos ni los “ismos”, de los que se aleja, escéptico

Tras un par de romances con mujeres de fuerte personalidad, Miró acaba casándose con su prima Pilar Juncosa, para alivio de toda su familia y del propio pintor, que se alegra de tener una esposa afable y casera, “libre de todo intelectualismo”.

Calvario redentor

La disciplina y la sencillez le sirven para contener un espíritu turbulento, ambicioso, extremadamente autoexigente. Trabaja sin descanso, con la regularidad de un oficinista, para encontrar nuevos caminos expresivos. En sus pinturas hay violencia, deseo, asombro, imaginación, impulsos profundos. No le inspiran los discursos, los manifiestos ni los “ismos”, de los que se aleja, escéptico, cada vez más, sino la belleza de pequeños tesoros que, como él mismo, parecen insignificantes a aquellos que no saben contemplarlos. Una piedra, un puñado de tierra, una hormiga, una concha, una madera arrastrada por la marea son infinitamente más inspiradores que cualquier discurso o teoría.

Su arte bebe de influencias, sí, pero Cézanne, Picasso, los primitivos o los japoneses están ahí para ayudarle a hallar su propia voz, jamás para imitarlos. Radicalmente introspectivo, Miró bucea en su interior, juega, experimenta, corrige sin descanso y solo da una obra por buena cuando logra ver en ella auténtica poesía. Poco sospechan quienes tildan su arte de infantil la dedicación monacal que hay detrás. “Tardé mucho tiempo en hacerlas”, confesaría el artista en 1961, refiriéndose a su tríptico Bleu I, II y III. “No en pintarlas, pero sí en meditarlas. Tuve que hacer un gran esfuerzo, estar en gran tensión interior para alcanzar la deseada depuración”.

El arte, para Miró, es un calvario redentor. Esta capacidad de refugiarse en su propio mundo explica el famoso exilio interior que permitió al artista vivir relativamente tranquilo en Mallorca y seguir creando durante los áridos años de la dictadura. Exiliado a Francia durante la Guerra Civil, tomó la decisión de regresar a España en 1940 para huir de la amenaza nazi. Su filiación republicana era bien conocida, así como sus simpatías catalanistas, pero su actitud siempre fue, por propia naturaleza, discreta.

El franquismo, interesado en reconciliarse con los aliados en cuanto estuvo claro que estos ganarían la Segunda Guerra Mundial, no habría ganado nada encarcelando a un artista de vida apacible y renombre internacional, cuya obra arrasaba ya en Nueva York. Jamás dejó de innovar. Con 81 años, exigió que la mitad de una gran antológica celebrada en el Grand Palais de París recogiera obra nueva, elaborada en parte con cartones roídos, telas quemadas y materia orgánica. Hoy, tal como pretendía, el “asesino de la pintura” se ha convertido, indiscutiblemente, en un clásico.

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